Educación emocional de 3 a 5 años: cómo ayudar a los niños a reconocer lo que sienten
Alegría, tristeza, rabia, miedo, vergüenza, orgullo. Los niños pequeños sienten todo con mucha intensidad, pero todavía no tienen palabras ni herramientas para entender lo que les pasa. Ayudarles a reconocer sus emociones es uno de los aprendizajes más valiosos de esta etapa.
Qué ocurre entre los 3 y los 5 años
A los 3 años la mayoría de los niños reconoce las emociones básicas en las caras: contento, triste, enfadado y asustado. Hacia los 4 y 5 años empiezan a entender que una misma situación puede provocar emociones distintas en personas diferentes, que se puede sentir algo y no mostrarlo, y que las emociones tienen causas: «Está triste porque se le ha roto el juguete».
También aparecen emociones más complejas, que tienen que ver con la mirada de los demás: la vergüenza, la culpa, el orgullo o los celos.
Lo que todavía está muy inmaduro es la capacidad de regular esas emociones, es decir, de calmarse por sí mismos cuando algo les desborda. Para eso necesitan durante años la ayuda de los adultos.
Poner nombre a las emociones
Una de las cosas más útiles que podemos hacer es ayudarles a nombrar lo que sienten. Poner palabras a una emoción ayuda a entenderla, a comunicarla y, en muchos casos, a que pierda algo de intensidad.
No se trata de dar una explicación larga, sino de reflejar en voz alta lo que el niño parece sentir. Si nos equivocamos, él mismo nos corregirá: «¡No estoy triste, estoy enfadado!». Y eso ya es un gran avance.
Todas las emociones son válidas
A veces, sin darnos cuenta, transmitimos que hay emociones buenas y malas. Celebramos la alegría pero intentamos cortar enseguida la tristeza o la rabia. Sin embargo, todas las emociones tienen una función: el miedo nos protege, la rabia nos avisa de que algo nos parece injusto, la tristeza nos ayuda a pedir consuelo.
Lo que sí hay que guiar son las conductas. Se puede estar muy enfadado, pero no se puede pegar. Se puede estar triste, y está bien llorar.
Ayudar a calmarse
Cuando un niño está desbordado, primero necesita calmarse; las explicaciones vienen después. Algunas estrategias que suelen ayudar:
- Presencia tranquila. Estar cerca, con voz suave, aunque no quiera que le toquen.
- Respiraciones de juego. «Huele la flor» (inspirar por la nariz) y «sopla la vela» (soltar el aire por la boca). O inflar un globo imaginario muy despacio.
- Un rincón de la calma. Un espacio con cojines, cuentos y algún objeto sensorial (una botella con purpurina en agua, una pelota blanda) al que el niño puede ir cuando lo necesita.
- Movimiento. A veces la rabia necesita salir por el cuerpo: dar saltos, apretar un cojín o correr.
- Abrazos. Para muchos niños, un abrazo largo y apretado es la forma más rápida de volver a la calma.
Juegos para trabajar las emociones
- El espejo de las caras: poner caras de alegría, sorpresa, enfado o miedo delante de un espejo y adivinar cuál es.
- ¿Cómo se siente?: mirar las ilustraciones de un cuento y adivinar cómo se sienten los personajes y por qué.
- El termómetro de las emociones: dibujar un termómetro con colores del verde al rojo y señalar «cuánto» enfado, nervios o alegría sentimos.
- El monstruo de colores: asociar cada emoción a un color y clasificar bolas o papeles de colores en botes según lo que nos ha pasado en el día.
- Teatro de marionetas: representar situaciones del día a día (un amigo no quiere jugar, se pierde un juguete) y buscar soluciones.
- La caja de las emociones: una caja con tarjetas de caras. Antes de dormir, el niño elige la que mejor representa su día y la comenta.
El ejemplo de los adultos
Los niños aprenden a gestionar las emociones sobre todo observando cómo lo hacen los adultos que les rodean. Hablar de nuestras propias emociones con naturalidad («estoy un poco nerviosa porque llegamos tarde, voy a respirar hondo») les ofrece un modelo muy valioso.
Cuando un adulto pierde los nervios, reconocerlo y pedir disculpas también enseña que equivocarse es humano y que las relaciones se pueden reparar.
Empatía
A partir de los 3 años se puede empezar a fomentar la empatía de forma sencilla: «Mira, Pablo se ha caído y está llorando. ¿Cómo crees que se siente? ¿Qué podríamos hacer?». No hay que forzarlo ni esperar respuestas de adulto. Lo importante es que el niño empiece a fijarse en los demás.
Cuentos como aliados
Hay muchos cuentos infantiles dedicados a las emociones. Leerlos juntos permite hablar de sentimientos desde la distancia segura de un personaje. A menudo, después de leer sobre un personaje que tenía miedo, el niño se anima a contar sus propios miedos.
Un aprendizaje de muchos años
La educación emocional no se aprende en unas semanas. Es un proceso que dura toda la infancia y que se construye en miles de pequeños momentos cotidianos. No hace falta hacerlo perfecto: basta con estar presentes, nombrar, acompañar y volver a intentarlo.
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