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Artículos · 12 de octubre de 2026 · 5 min de lectura

Cuando pierde y se enfada: tolerancia a la frustración a través del juego

Tirar las cartas, llorar porque se escapó una fruta o negarse a seguir jugando: perder es difícil a cualquier edad, y mucho más a los cuatro años.

Por qué les cuesta tanto

Entre los 3 y los 5 años los niños desarrollan un fuerte sentido de su propia capacidad. Quieren hacer las cosas solos y quieren que salgan bien. Al mismo tiempo, las áreas del cerebro que ayudan a regular las emociones todavía están madurando, y lo seguirán haciendo durante muchos años. El resultado es una mezcla explosiva: grandes deseos, emociones intensas y pocas herramientas para manejarlas.

Enfadarse al perder no es un fallo de carácter ni un signo de mala educación. Es una etapa normal que se supera con práctica y acompañamiento.

En el momento del enfado

  1. Mantened la calma. Un adulto tranquilo es el mejor regulador de un niño alterado.
  2. Poned nombre a la emoción. «Estás enfadado porque querías ganar». Nombrar la emoción ayuda a entenderla.
  3. Validad sin ceder. «Entiendo que te moleste. Aun así, no tiramos las cartas».
  4. Esperad. Las explicaciones largas no sirven en plena rabieta; dejadlas para cuando esté tranquilo.
  5. Ofreced una salida. «¿Quieres volver a intentarlo o prefieres jugar a otra cosa?».

Después, cuando está tranquilo

Hablad brevemente de lo que pasó. Podéis contar alguna situación en la que vosotros también os frustrasteis y qué hicisteis. Los niños aprenden mucho más de lo que ven hacer que de lo que se les dice.

El juego como entrenamiento

Los juegos son un entorno seguro para practicar la frustración en pequeñas dosis. Algunas ideas:

Frases que ayudan

Frustración en la vida cotidiana

Perder en un juego es solo una de las muchas situaciones frustrantes de un niño pequeño. También lo son no poder abrocharse un botón, que se rompa una torre de bloques, que se acabe el parque o que otro niño tenga el juguete que quería. Cada una de estas situaciones es una oportunidad para practicar.

Una tentación habitual de los adultos es evitar todas las frustraciones: hacerle las cosas para que no se enfade, dejarle ganar siempre o darle lo que pide para evitar el llanto. A corto plazo funciona, pero a largo plazo priva al niño de la oportunidad de aprender que puede sentirse mal y recuperarse.

La ayuda justa

Cuando un niño se atasca en una tarea, hay un punto intermedio entre hacerlo por él y dejarle solo. Se le puede dar una pista («¿y si pruebas a girar la pieza?»), hacer una parte y dejarle terminar, o simplemente acompañarle con palabras de ánimo. Así experimenta que con esfuerzo puede conseguirlo, y el éxito es suyo.

Cuentos para hablar de la frustración

Los cuentos en los que un personaje no consigue algo a la primera, se enfada y vuelve a intentarlo son muy útiles. Permiten hablar de la frustración desde fuera, sin que el niño se sienta señalado: «¿Qué le pasó al conejo cuando se le cayó la torre? ¿Qué hizo después? ¿A ti te ha pasado alguna vez?».

El papel del cansancio y el hambre

Un niño cansado o con hambre tiene mucha menos tolerancia a la frustración. Muchas rabietas de última hora de la tarde tienen más que ver con el cansancio que con el juego en sí. Elegir bien el momento para los juegos de competición, después de descansar y comer, puede evitar muchos enfados.

Celebrar los pequeños avances

La tolerancia a la frustración se construye poco a poco. Si un niño que antes tiraba las cartas ahora solo protesta, ya ha avanzado. Reconocerlo («he visto que estabas enfadado y has respirado, eso es muy difícil») le ayuda a darse cuenta de su propio progreso.

¿Cuándo consultar?

Si las rabietas son muy frecuentes, muy intensas o largas, o si interfieren de forma importante en la vida familiar o escolar, merece la pena comentarlo con el pediatra o con el equipo de la escuela infantil.

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Este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye la opinión de un pediatra, logopeda u otro profesional. Si algo del desarrollo de tu hijo te preocupa, consúltalo con su pediatra.

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